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Lic. Hector García/ Periodista

Dice un buen amigo que el peor cáncer es el dolor de la conciencia, que no hay medicina que pueda curar esa enfermedad, que llega un momento que la persona que sufre de ese tipo de enfermedad no logra dormir, comer y desarrollar sus actividades sin tener vergüenza por traicionar en lo que un día el creyó.

Esta enfermedad cada día se propaga más por todo el globo terráqueo, pero tiene el epicentro en la República Dominicana, con asiento en los corazones de los traidores, usurpadores, oportunistas y mentirosos patológicos, que no solo han destruido la amistad de años, sino que han cambiado el trabajo político de personas con formación académica y una visión estratégica dentro del campo del respeto mutuo.

El dolor de la conciencia afecta más cuando la persona que la contrae sale de la función y cae en desgracia con la sociedad, al verse que perdió los verdaderos amigos y que ya no son objeto de pleitesía de los cortesanos y vasallos que se convierten en muletas transitorias, durante pueden ofertar espacios económicos y protección laboral.

Si hay algo en la vida pasajero, es el poder. Y cuando se va solo quedan las fotografías y recuerdos del «yo fui» pero lo que nunca muere es el desprecio y resentimiento de quienes fueron subestimados y marginados.